junio 12, 2024

Por: Luis Fernando Reyes Villeda

Si hablas del ciudadano, te diré quién fue mi padre.
Soy Luis Fernando Reyes Villeda, hijo de Donaldo Ernesto Reyes Avelar y Thelma Esperanza Villeda de Reyes. Quiero hablarles del orgullo de haber nacido en esta familia y ser fruto de tan buenos cristianos.

Soy el segundo hijo, nací hace 55 años y tuve dificultades al nacer. Literalmente morí unos minutos antes de ver la luz; enredado en el cordón umbilical. Mis padres ignoraron este suceso durante mucho tiempo hasta que, al ver que mi desarrollo motor no se daba con normalidad, decidieron buscar una solución. Como pudieron, con préstamos y ayuda de amigos y familiares, lograron llevarme a Estados Unidos cuando ya tenía más de 2 años y el Dr. Sneider (quizás su apellido no esté escrito correctamente) les dijo: “ Este niño se va a recuperar, solo necesita mucho amor” y eso fue suficiente para que mis padres, especialmente mi papá, iniciaran lo que yo llamo la pedagogía del amor.

Mi papá inventó para nosotros los juegos de memoria y de contar, me enseñó a saber las letras jugando y hacía que aprender fuera divertido. Inventó dichos y canciones, nos entrevistó y nos hizo pensar.
Cuando tenía 5-6 años estaba matriculada en preescolar en el Instituto Psicopedagógico Juana Leclerc y un día cuando estaba seguro de que sabía leer y escribir, tuve mucho orgullo de contarle a la maestra nuestro logro. La maestra no creía y mi padre dijo: “Oh, ¿tú no crees?” Y me ordenó: A ver Luis, ve al pizarrón y escribí: “Mi maestra se llama Esperanza”.

No recuerdo bien ese día, pero mi papá dijo que con mucha dificultad escribí el texto exactamente hasta llegar a Esperan… y me di vuelta y le dije: “Papá, ¿Esperanza con zo con s?” Y fue entonces cuando el maestro quedó asombrado y convencido de nuestro triunfo.

Mi papá me enseñó a contar, sumar, restar, multiplicar y dividir. A los 5 años, el reloj era un tema visto.
Aun así, tenía dificultades para mantenerme concentrada, pero mi papá a menudo llegaba cansado del trabajo y quería leer el periódico, prefiriendo dedicar su tiempo a ayudarme. Después de estudiar jugando, obtuve buenos resultados en los exámenes. Inventaba historias o relaciones para que yo recordara los nombres y siempre lograba actuaciones destacadas.

Cuando estaba en primaria me llevó al colegio San José del Carmen y hablamos de todo. Cuando estábamos por llegar me arengó y me dijo: “Esto será…”
y respondí: “¡un día exitoso para mí!”
Y él dijo: No, con ganas, más fuerte, más fuerte…

Recibí una dosis de optimismo antes de entrar a la escuela. Ella me enseñó a defenderme y nunca me sentí menos. Si se burlaban de mí, tenía una respuesta y exigía respeto porque sabía que mis padres y hermanos me respaldaban.

Le gustaba que habláramos en público, imaginándose como un político inaugurando una obra, como un empresario presentando un producto, como un líder comunitario defendiendo una conquista, etc.
Ya cuando éramos adolescentes y estudiantes universitarios se sentaba a hablar con nuestros amigos. Con bromas sutiles analizó las actitudes de cada uno y en algún momento nos indicó que ciertas amistades no nos traerían nada bueno y nos alejamos. Dijo: «Tengo que ser amigo de los amigos de mis hijos para saber quiénes son y cómo piensan».

Mi casa siempre estuvo abierta a nuestros amigos. Siempre hubo ruido y alegría.
Por supuesto, en mi casa nos educaron con mucho amor, pero también con rigor. Nunca faltó, cuando fue necesario, faja y chanclas. Los recibimos según nuestro comportamiento. Si peleamos, ja, ja; uno para provocar y otro para denunciar; pero fue parejo.

Y así, crecimos en un hogar rico en valores y enseñanzas en la fe.
Orábamos antes de comer, antes de salir y al acostarnos para dar gracias por el buen día.
Mi madre se dedicaba a orar y trabajar, mi padre se dedicaba a jugar y corregir.
A raíz de su derrame apenas habló en la última semana y recuerdo que en la última conversación le dije: “Te amo Viejo”.

Y él dijo: «Lo sé, yo también te amo».
Nuestro último beso fue un apretón de manos unos minutos antes de que lo “intubaran”. Nunca más despertó.
Mi padre era un hombre cariñoso que siempre tenía una palabra que nos dejaba reflexionando.
Mis padres, en sus diferentes facetas, dejan huellas imborrables, escritas con tinta de amor y sobre ejemplares de papiro.

Tengo miles de anécdotas que contar, mis padres son mi primer tesoro y mi papá en especial, ¡MI Superhéroe!
No sería quien soy si no hubiera recibido tanto amor. ¡Gracias Señor por darme un hogar tan rico!