abril 24, 2024

“Así es la vida”, ha declarado Vladímir Putin nada más ganar las elecciones presidenciales en Rusia sobre la muerte del disidente Alexéi Navalni hace justo un mes y un día. El mandatario se ha atrevido a pronunciar por primera vez el nombre de su gran enemigo político desde que este falleciera, durante una rueda de prensa que ha ofrecido este domingo a medianoche en la sede central de su equipo electoral, en Moscú, para celebrar su victoria en unas elecciones donde no ha permitido ninguna oposición real. Sin embargo, en su intervención no ha ofrecido ningún detalle de la repentina muerte del opositor, a los 47 años, en una prisión del círculo polar ártico. El entorno de Navalni denunció que fue asesinado cuando iba a ser intercambiado por un asesino del Servicio Federal de Seguridad (FSB) preso en Alemania. “Estaba de acuerdo, quería intercambiarle [a Navalni] y que no regresara, pero estas cosas suceden, así es la vida”, ha agregado Putin cuando el escrutinio, con la mitad de los votos contabilizados, le otorgaba un 87,2% de los sufragios, según la Comisión Electoral Central.

Putin ha mostrado una confianza renovada en sí mismo ante los periodistas y su equipo de campaña electoral. Primero, ha afirmado que sus resultados son un espaldarazo a sus planes, incluida la invasión de Ucrania cuando “la nación defiende su progreso con las armas en las manos”. “[La victoria electoral] es una señal de confianza por parte de los ciudadanos y de esperanza de que todo lo que tenemos por delante se cumplirá”, ha dicho ante su equipo de campaña. “Nuestros planes son grandiosos”, ha añadido, para puntualizar, a continuación, que uno de ellos es “ampliar el armamento” ruso.

Para Putin, estas elecciones solo marchan “acorde al plan”. Después de dos años y un mes de guerra, sus regiones fronterizas se han convertido en un blanco diario de los drones y cohetes ucranios. Sin embargo, lo más importante para él es que el poder está bajo control.

Moscú y la frontera rusa con Ucrania están separadas por 800 kilómetros, la distancia que implica entre vivir como si no existiera la guerra o tener que buscar refugio en cualquier momento por las bombas. En estas dos Rusias tan diferentes reina Vladímir Putin desde hace 24 años, y su zarato se extenderá después de este domingo otros seis años más, hasta 2030. El líder ruso se ha anotado un supuesto apoyo masivo de su pueblo, incluso mayor que el 76,7% que se adjudicó en 2018, con una participación del 74,2% del censo electoral. Objetivo cumplido para justificar sus próximas e impopulares órdenes.

Los rivales de Putin han sido aplastados, el sistema electoral presenta enormes sospechas, empezando por el opaco voto electrónico, y las fuerzas de seguridad y sus jueces no dejan resquicio para la protesta pacífica. Los votantes descontentos con el Kremlin apenas pueden mostrar su enfado con gestos tan simbólicos como inofensivos. Según Putin, el llamamiento de los grupos opositores a dejarse ver a mediodía en los colegios y votar a cualquier otro candidato en señal de protesta “no ha tenido un efecto especial”.

“Si hubo llamamientos a votar —de la oposición—, son elogiables, pero lo importante es que algunos estropearon las papeletas y eso es malo”, criticó Putin.

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No obstante, una parte importante de la población, si no una mayoría aplastante, apoya al mandatario. Es imposible comprobarlo sin elecciones abiertas, pero según el centro de sondeos independiente Levada, la aprobación de Putin dentro de Rusia ronda el 85%.

El mandatario nunca ha tenido menos rivales en unas elecciones. Solo tres candidaturas han sido aprobadas por su asesor en la sombra, Serguéi Kiriyenko. Todas ellas de formaciones fieles al poder. En concreto, Nikolái Jaritónov, que no es ni siquiera el líder del Partido Comunista y ya fracasó estrepitosamente en los comicios de 2004; Leonid Slutski, sucesor del populista Vladímir Zhirinovski y cuya popularidad al frente del Partido Liberal-Demócrata de Rusia (LDPR) es nula; y Vladislav Davankov, jefe de Nueva Gente, un partido satélite del Kremlin creado en 2019 para enganchar a las nuevas generaciones.

Más allá de las cosmopolitas Moscú y San Petersburgo, una infinidad de ciudades rusas nutren a su ejército con voluntarios. Muchos lo hacen por patriotismo y otros por un sueldo inimaginable en sus provincias: 205.000 rublos (unos 2.000 euros), entre cuatro y seis veces más que lo que ofrece un empleo medio. Y si mueren o son heridos, la compensación para su familia se dispara en varios millones de rublos.

Moscú, una ciudad liberal lejos de la muerte

Moscú vive ajena a la guerra. Sus restaurantes y clubes nocturnos nunca han sido evacuados por una alarma antiaérea, y no se ven militares en sus calles, salvo en las estaciones de tren, adonde los voluntarios y movilizados de otras regiones más pobres de Rusia pasan camino del frente.

Tampoco hay apenas carteles de los candidatos a presidente, aunque los anuncios animando a votar inundan todos los rincones de la ciudad. La propaganda electoral del candidato Putin es nula, pero las noticias y las loas del presidente Putin son constantes.

Decenas de rusos hacen cola a las 12 de la mañana del domingo a la entrada del colegio electoral 51 de Moscú. Es la hora a la que han sido llamados para protestar de forma simbólica. La convocatoria ha corrido a cargo del equipo de Navalni. Esta es una de las innumerables y reducidas aglomeraciones que se repiten en el resto de centros electorales del país, que también han tenido su eco en distintas capitales europeas donde se han reunido disidentes rusos a mediodía. Son pequeñas protestas silenciosas que no ofrecen la espectacular imagen de la oposición que logró el funeral de Navalni, debido a que los votantes están dispersos en miles de puntos de la nación.

“No es un acto que vaya a cambiar nada, pero es una demostración para mí misma”, afirma en un colegio de la capital rusa Alexandra, una mujer que ha acudido a votar acompañada por su hija pequeña. “Apoyo a Navalni”, reconoce mientras aguarda a votar. La policía vigila desde lejos.

“Moscú es una ciudad liberal, no es Rusia”, remarca a este periódico Andréi, treintañero, mientras hace cola. “Además, también estamos divididos aquí”, agrega el joven antes de manifestar que va a votar al actual presidente ruso.

“Nunca voté a Putin, pero en 2022 —año que comenzó la invasión de Ucrania— cambié de opinión. Vi la hipocresía de los valores europeos, cómo dan abrazos falsos. Sus sanciones, su odio a los rusos”, afirma Andréi, que expresa una opinión muy extendida en Rusia: “Navalni no era el político favorito de muchos rusos”, afirma antes de aseverar que su imagen “ha sido sobredimensionada en Europa, como la de su viuda, Yulia Navalnaya”.

Al menos 75 personas han sido detenidas en 17 ciudades rusas durante este domingo, tercera y última jornada de las elecciones presidenciales, según la plataforma OVD-Info. Esta organización para la protección de los manifestantes revela que algunos votantes fueron arrestados por introducir papeletas nulas o mostrar sus opiniones abiertamente en los colegios electorales.

Otros medios rusos revelaron que algunas papeletas contenían mensajes manuscritos como “¡No a la guerra!” o “Navalni”. De hecho, algunos seguidores del disidente depositaron papeletas electorales en la tumba del gran enemigo político de Putin.

Bélgorod, ciudad fantasma en tensión continua

En la ciudad rusa de Bélgorod, a unos 40 kilómetros de la frontera con Ucrania, las elecciones se viven de una manera bien distinta a Moscú. Bélgorod ha cambiado radicalmente en el último año y ahora es una ciudad fantasma. Gran parte de su población se ha marchado al recrudecerse los ataques ucranios en los últimos meses, y en las calles han brotado por todos lados los refugios de cemento contra drones.

Mijaíl es un expiloto militar, veterano ruso de la guerra de Afganistán de 1979-1989 que no se plantea marcharse de Bélgorod y defiende al presidente: “No es necesario que Putin tenga competidores en las elecciones”, afirma Mijaíl. “Tiene el poder, se trata de ser fuerte”. También justifica la guerra. “No hay forma de evitarlo. Invadimos Ucrania y comprendo que la necesitamos”, esgrime Mijaíl. Sin embargo, su esposa Yana puntualiza a su marido: “Pero antes de 2022 nunca nos atacaron”. No obstante, ambos comparten que Putin es la mejor opción para Rusia y para ellos.

El tren de Bélgorod a Moscú estaba repleto el sábado, especialmente de niños acompañados por sus madres y abuelas, y soldados que regresaban del frente. En la capital, mucho más segura, aguardaba un Putin dispuesto a comenzar su quinto mandato tras la conclusión de la farsa electoral.

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