abril 12, 2024

Nicolas Sarkozy ha aprovechado este lunes la presentación de su libro en Madrid para hacer una reivindicación de la pasión. En la política y en la vida. Pero, sobre todo, en lo que él considera que fueron sus años en el Elíseo. El presidente de Francia entre 2007 y 2012 ha alertado del riesgo de la complacencia en los tiempos actuales, ha reivindicado su condición de hombre mediterráneo que ama la lectura por encima de todo y ha resaltado sus estrechos vínculos con España y con la plana mayor del PP —entre otros, el expresidente José María Aznar (”un amigo”) y la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso (”Usted me rejuvenece. Me gustan los luchadores. En la política no hay que agachar la cabeza”)— que ha acudido a arroparlo a la presentación de Los años de las luchas (Alianza Editorial, con traducción de Manuel Cuesta) en el hotel Ritz.

El acto, que ha contado con la participación de la periodista de TVE Ana Blanco, pasó por alto las cuentas pendientes que el fundador de Los Republicanos —el partido de la derecha tradicional francesa, en sus horas más bajas— tiene con la justicia: dos condenas por corrupción y financiación ilegal (recurridas y en suspenso). También espera juicio por un tercer caso y ha sido imputado por un cuarto.

“La vida solo se puede vivir con pasión. Vivir sin pasión es tan aburrido. La política es fantástica porque hace soñar. Es algo grande, épico”, ha dicho al echar la vista hacia atrás, hacia una época en la que aún había grandes líderes, frente a la actual, con ministros que acuden a su trabajo en bicicleta. “El pueblo se identifica con personas con visión. No quieren que sea su vecino, sino un líder”, ha añadido ante un público entregado. “24 millones de personas vieron el debate que tuve con la candidata socialista —Ségolène Royal, un nombre que él no ha querido recordar—. Y luego gané con un 84% de participación”.

“Nunca hemos tenido tanta necesidad de tomar decisiones rápidas y nunca antes se ha cuestionado tanto el liderazgo. En Occidente vamos hacia atrás. Hay riesgo de desaparición”, ha asegurado. Uno de los ejemplos de la escasa altura de miras de la política actual es, según Sarkozy, la obsesión por reducir la jornada laboral: una iniciativa que ha planteado el Gobierno español y que él considera nociva: “En Francia ya lo hemos experimentado y puedo decirles que aún no nos hemos recuperado. El teletrabajo es televisión, no teletrabajo”.

Sobre Gaza y Ucrania, los dos conflictos que más preocupan en Europa, ha sido claro. Sobre el primero, ha insistido en la necesidad de que Francia esté del lado de Israel. Pero también en la convivencia pacífica con los palestinos y la solución de los dos Estados, “la única posible”. Pero, sobre todo, ha insistido en la necesidad de renovar la ONU, un organismo creado tras las II Guerra Mundial, para adaptarlo a las necesidades del siglo XXI: “No puede ser que el Consejo de Seguridad no tenga ningún miembro permanente de África ni de Latinoamérica”.

Sobre Ucrania, son ya conocidas sus posiciones. Critica la invasión rusa, sí; pero también la respuesta de Occidente. En el libro, Sarkozy arremete contra el apoyo a Ucrania de Estados Unidos y la UE “hasta el final y todo el tiempo que haga falta”. “Dicho así, suena claro, rotundo y definitivo. El problema es que nadie explica nunca en qué consiste exactamente el ‘hasta el final”, escribe. Y no tiene dudas sobre lo indeseable de que Kiev entre en la UE y en la OTAN con el argumento de que Ucrania ha de funcionar como un puente entre Europa y Rusia. “Cortar un puente por uno de sus dos extremos equivale a destruirlo. En lo que a la estabilidad del continente se refiere, es difícil que haya una estrategia peor”, continúa en Los años de las luchas. Al hablar de Vladímir Putin, Sarkozy ha recordado una bronca discusión que tuvo con el jefe del Kremlin en 2008, tras la invasión rusa de Georgia. Según el francés, esta charla ayudó a que esa crisis se encauzara, a diferencia de lo que ahora ha pasado con Ucrania.

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Aznar, un amigo

Durante su charla en el Ritz, ha dejado claro sus simpatías y antipatía con los líderes de su época. Para Aznar —presente en la primera fila— tuvo las palabras más cariñosas. Es no solo un “amigo” sino una “fuente de inspiración”. “En los tiempos del presidente Aznar a nadie se le habría ocurrido tomar una decisión importante sin consultarle. No siempre ha tenido un carácter fácil. Yo tampoco. Por eso siempre hemos sido amigos”.

De la canciller alemana Angela Merkel dijo que posiblemente no haya persona más distinta que él. Pero quizás por eso funcionó su relación, que impulsó el eje París-Berlín. Él mismo ha recordado el sobrenombre que les puso la prensa: Merkozy. “Ella es lenta. Yo tengo prisa. Ella espera al último momento. A mí me da miedo no llegar a la hora. Tuvimos que construir una pareja. Tuvimos diferencias, pero nunca lo supo nadie. Ella me aportaba su solidez y yo aportaba mi agilidad. ¿Quién recuerda ahora el nombre del canciller alemán?”.

La cosa ya cambia con el expresidente de Estados Unidos Barak Obama. Aunque reconoce que su elección supuso un shock positivo en un país que en los años ochenta aún tenía restaurantes donde no se admitía la entrada a gente de color, es obvio que Sarkozy no le tiene una gran simpatía: “Hablaba bien. Era guapo. Pero frío. Y estaba preocupado únicamente por su imagen. Fue una decepción para mí”. Su opinión sobre el expresidente francés François Mitterrand tampoco parece estupenda. “El poder no debe secar los sentimientos. Fui ministro con Mitterrand. Fue un gran hombre, pero a veces me preguntaba si estaba vivo. Daban ganas de sacudirlo”.

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