Qué entendemos por conflictos “congelados”
Un conflicto se considera “congelado” cuando la violencia abierta se detiene o disminuye de forma notable, pero aún no se alcanza una salida política consensuada que permita recuperar la normalidad institucional y el dominio del territorio. El conflicto permanece activo en segundo plano: límites sin reconocimiento oficial, fuerzas desplegadas en la línea de contacto, poblaciones desplazadas y una calma precaria que puede romperse en cualquier instante.
Mecanismos que generan y sostienen la congelación
- Estancamiento militar: después de intensos combates, las partes alcanzan una línea de frente estable. Un alto el fuego impide la victoria decisiva y convierte la línea en un statu quo defensivo.
- Patrocinio externo: potencias regionales o globales respaldan a actores locales con apoyo militar, económico o político, proporcionando seguridad y legitimidad de facto sin reconocimiento internacional.
- Dilema entre integridad territorial y autodeterminación: principios jurídicos contrapuestos (soberanía estatal vs. derecho a la autodeterminación) complican la negociación y atraen a actores internacionales con posiciones enfrentadas.
- Miedo a costos políticos domésticos: los gobernantes evitan concesiones que serían percibidas como traición por electores o élites, porque la paz requeriría cesiones territoriales o cambios constitucionales impopulares.
- Beneficios para élites locales: redes políticas y económicas emergen alrededor del statu quo —mercados negros, control de fronteras, burocracias paralelas— que se resisten a la resolución porque perderían rentas e influencia.
- Operaciones de mantenimiento que estabilizan sin resolver: misiones de paz, fuerzas de ocupación o zonas de amortiguamiento reducen la violencia inmediata pero no abordan las causas fundamentales.
- Daños demográficos y limpieza étnica: desplazamientos masivos y cambios poblacionales hacen más difícil la reintegración y retornos, creando hechos consumados sobre el terreno.
- Coste económico de la resolución: reconstrucción, devolución de propiedades, compensaciones y justicia transicional exigen recursos y voluntad política que no siempre están disponibles.
- Intereses geoestratégicos: el conflicto congelado puede servir como herramienta de presión regional o como zona de influencia para una potencia externa.
Ejemplos demostrativos
- Corea: desde el armisticio firmado en 1953, la península quedó partida por una frontera fuertemente militarizada (la zona desmilitarizada). La ausencia de un tratado de paz y la presencia de fuerzas externas, sumadas a tensiones estratégicas persistentes, han impedido cualquier avance sencillo hacia una normalización.
- Chipre: tras la intervención turca de 1974, la isla quedó escindida entre norte y sur, separada por una franja supervisada por la ONU. La existencia de un estado no reconocido en el norte y una marcada polarización política han mantenido la situación sin una resolución final.
- Transnistria (Moldavia): luego de los enfrentamientos de 1992, se estableció un alto el fuego. Desde entonces, la región opera como entidad de facto respaldada por apoyos geopolíticos y una presencia militar que sostiene su separación.
- Abjasia y Osetia del Sur (Georgia): los conflictos de los años noventa y la guerra de 2008 derivaron en la consolidación de entidades separadas, con reconocimiento limitado y presencia militar extranjera, lo que fijó una separación de facto.
- Nagorno-Karabaj (región de alto riesgo): tras el conflicto y el alto el fuego de 1994, el territorio permaneció como un conflicto congelado hasta las hostilidades de 2020 y sus consecuencias posteriores, mostrando que este tipo de escenarios puede romperse de forma abrupta y violenta.
- Sáhara Occidental: el enfrentamiento entre Marruecos y el Frente Polisario entró en un prolongado periodo de indefinición tras los acuerdos de cese de hostilidades y el despliegue de una misión de la ONU en 1991, marcado por disputas de legitimidad y la dependencia de apoyos externos.
- Kashmir: la Línea de Control entre India y Pakistán ha actuado como frontera de facto después de múltiples conflictos, con episodios de violencia intermitente y un estancamiento político que se prolonga en el tiempo.
Impactos sociales, económicos y humanitarios
- Desplazamiento y vulnerabilidad: generaciones crecen en estados de limbo, con derechos limitados y mercados laborales frágiles.
- Economía cerrada y dependencia: las regiones separadas desarrollan economías informales o dependen de la potencia patrona.
- Normalización de la militarización: gasto militar alto, infraestructuras defensivas y una cultura política orientada a la amenaza permanente.
- Obstáculos a la integración regional: cadenas comerciales y proyectos de cooperación se limitan por las disputas no resueltas.
- Riesgo latente de reescalada: cualquier choque local, cambio político o intervención externa puede convertir la congelación en conflicto abierto.
Por qué resulta tan complicado hallar soluciones
- Choque de legitimidades: un pacto debería equilibrar la exigencia de soberanía con las aspiraciones de seguridad y reconocimiento de las minorías, aunque numerosas alternativas intermedias no logran convencer.
- Incentivos perversos: ciertos actores obtienen más provecho político o económico de la continuidad del conflicto que de los beneficios derivados de una paz negociada.
- Falta de confianza: años de hostilidades han erosionado la viabilidad de acuerdos duraderos sin sólidos respaldos externos.
- Rivalidad internacional: algunas potencias con agendas regionales en competencia pueden inclinarse por sostener conflictos congelados para conservar influencia.
- Imposición externa limitada: las soluciones aplicadas por la fuerza suelen implicar elevados costos y riesgos, por lo que la comunidad internacional tiende a priorizar una estabilidad inmediata antes que una solución completa.
Formas de destrabar escenarios estancados
- Mecanismos graduales: acuerdos por fases que incluyen ceses de hostilidades, intercambio de prisioneros, apertura de pasos y confianza económica antes de abordar estatus final.
- Garantías internacionales: presencia verificable de terceros, acuerdos de seguridad y mecanismos de arbitraje que reduzcan el miedo a incumplimientos.
- Soluciones creativas para estatus: modelos de autonomía amplia, confederalismo o fórmulas mixtas que equilibren integridad territorial y autogobierno.
- Incentivos económicos: paquetes de reconstrucción, acceso a mercados y proyectos de cooperación que hagan políticamente rentable la paz.
- Justicia transicional: procesos de verdad, reparaciones y medidas de reconciliación que atiendan las heridas sociales sin bloquear la negociación política.
- Participación local: integrar a la sociedad civil, minorías y actores económicos en el diseño de acuerdos para garantizar viabilidad y sostenibilidad.
Los conflictos “congelados” no son simplemente guerras detenidas: son realidades políticas y sociales integradas en el mapa regional, donde la línea entre estabilidad y riesgo es frágil. Su persistencia obedece a una combinación de factores militares, geopolíticos, económicos y emocionales; cualquier intento de resolución exige reconocer esa complejidad, alinear incentivos internos y externos, y construir garantías creíbles que ofrezcan una alternativa plausible al statu quo. La historia demuestra que la congelación puede durar décadas, transformarse o reactivarse, y que la paz duradera suele requerir más que negociaciones: requiere voluntad política sostenida, reformas profundas y un compromiso real con la reparación y la inclusión.
